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 Capítulo 12 (traducido por Anaid)

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Beauty
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MensajeTema: Capítulo 12 (traducido por Anaid)   Dom Ago 23, 2009 9:27 pm

12 LA TERRIBLE REALIDAD ERA LENTA DE COMPRENDERSE.
Parecía una eternidad la que Miranda estuvo parada ahí, observando a su madre incrédulamente sorprendida.
Ella sintió a su madre mover su brazo y la guió gentilmente hacia la casa, entonces cerró la puerta tras ellas. Escuchó llorar a la tía Teeta. Podía oír las silenciosas voces de la policía y los paramédicos, el crujir de los pasos en el segundo piso, las sordas maniobras en las escaleras mientras una camilla era bajada.
Mamá la llevó al cuarto más cercano—el que Miranda adivinaba era la sala en su primera visita aquí.
Ayer. Fue solo ayer.

¿Cómo pudo pasar? Finalmente había encontrado a su abuelo. Después de todos estos años, todos sus sueños e imaginaciones, lo conoció en su final. Ella habló con él, tomó su mano, tocó su cara. Había estado enojada y decepcionada; había estado esperanzada y sus esperanzas desaparecieron. Había estado enojada y ansiosa y horrorizada y confundida, y había recibido una aterradora, secreta revelación que no podía comprender y naturalmente no quería.
No habría comprensión ahora.
No respuestas, no explicaciones, nada.
“Siempre se brinca una generación…es por eso que tu madre nunca entenderá…”
“Tal vez este es el lugar en el que debes estar…”
Palabras palpitaban en su cabeza. Palabras de su abuelo, palabras de Etienne, palabras inútiles, palabras insignificantes.
Ella había estado asustada de su abuelo—había estado avergonzada y apenada. Pero ahora estaba toda revuelta. Ahora no sabía cómo se sentía.
Sabía que lo quería. Lágrimas llenaron sus ojos al reconocerlo. Y realmente quería quererlo. ¿Él lo sabría? ¿Habría sido capaz de ver a través de su resentimiento y defensas? ¿Habría sido capaz de ver todo el amor en su corazón?

Miranda bajo la mirada hacia el vaso con agua que su madre ponía en sus manos. Las dos estaban lado a lado en el sillón, aunque no recordaba haberse sentado. Ella se preocupaba por su madre; buscó en la cara de su mamá algún indicio o signo de emoción. Pero lo que ella vio fueron facciones como de roca, una aturdida expresión y movimientos extrañamente mecánicos.
Miranda esperó hasta que se llevaron a su abuelo. ¿Debería consolar a su madre? ¿A la fuerte, estoica madre, quién nunca pregunta o le gusta ser confortada? Mamá nunca había derramado una lágrima cuando dejaron Florida, sus amigos, los viejos escombros de su antigua vida. Mamá había estado en total control, y había tomado el control total. ¿Se sentirá culpable? ¿Triste? ¿Dolida? ¿Arrepentida?
Miranda no lo sabía. Y no había pistas que le ayudaran.

“Necesito ver como esta Teeta.” Mamá le dijo suavemente. “Creo que tu y yo nos mudaremos a esta casa ahora. Estoy que segura que ella nos necesitará.”
Miranda solo pudo asentir. Mamá sonaba tan calmada y practica, ya haciendo planes. Justo como cuando papa murió. Colocando su vaso en la mesa de café, Miranda se paró con temblorosas piernas.
“Creo que estaré un rato afuera.”
“No en donde la gente pueda observarte, cariño. Hay una parvada de buitres allá afuera, queriendo saber cada detalle.”
¿Cómo podía portarse así? Se preguntó Miranda. Aun ahora, en medio de otra tragedia. Mamá estaba obsesionada con lo que la gente pensaba. Combatiendo con una ola de enojo, salió por la puerta lateral que Etienne le había enseñado. Los arboles la escondían de la vista, y sin dudar, se apresuró a través de la pared trasera y se alejó de su casa.

Ella no tenía intención de ir al parque.
Ella solo se encontró de repente en la entrada.
Barriendo al interior hacia la multitud Miranda fue inmediatamente asaltada por una atmósfera como de carnaval. Oh, de acuerdo. El Rebel Rouser era hoy. El aire estaba lleno de risas; ricos aromas de parrilladas, camarón hervido, pescado frito, y hamburguesas a la parrilla; el palpitante, ruidoso ritmo de la banda zydeco (música cajun o francesa tocada en festivales). De un zoológico de mascotas, cabras y ovejas gemían nerviosamente como niños chillones siendo atrapados con las manos en la masa. Campanas sonaban para los suertudos ganadores en docenas de cabinas de juegos. Banderas ondeaban, hombres en uniformes de la Guerra Civil coqueteaban con damas con faldones de aro, y de algún lugar en la distancia surgió el boom de un cañón y la sorda descarga de pistolas…

Miranda se detuvo sobre sus pasos. Si…ella estaba segura ahora que lo que escuchó ayer desde su ventana no había sido un auto incendiándose o niños tronando cuetes…
“Habían sido disparos.” Ella murmuró. Pero no estos disparos.
Un escalofrío se formó a través de sus venas. ¿Cuántas otras cosas había visto y escuchado desde que llegó a St. Yvette? Cosas a las que no les había dado importancia, ¿cosas qué debió haber notado?
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MensajeTema: Re: Capítulo 12 (traducido por Anaid)   Dom Ago 23, 2009 9:28 pm

¿Pero cómo podía darse cuenta? ¡No lo sabía! No lo sabía hasta ahora—¡y ahora ella no quería saber!

Combatiendo el pánico, ella continuó. Esperaba perderse aquí—mezclarse, discreta, retirada del resto del mundo. ¿Cuántas pistas se habría perdido? ¿Cuántas señales habría ignorado? No podía dejar de pensar en eso. ¿Por qué esto no la dejaba tranquila?

Ella se adentró más profundamente en el parque, a través de los tortuosos, caminos sombreados por arboles, buscando un lugar para sentarse. El bochornoso calor volviéndose cada vez más sofocante. El sol se abría sin ninguna nube en el cielo. En los más amplios, espacios abiertos, los regimientos Rebel y Yankee ambos impresionaban a los espectadores con varias suertes en marcha y tiro al blanco, mientras en un pequeño anfiteatro, cantantes entonaban nostálgicas baladas de la Guerra Civil. Miranda se detuvo un momento ante cada una, entonces continuo su camino hacia el cementerio.

En contraste a The Falls, el cementerio de los confederados había sido tiernamente cuidado. Localizado en una suave elevación, el césped lozano y verde, sus tumbas pacificas e inalteradas. Cada tumba parecía fresca y recién lavada, llena de masas de flores y follaje, decorada con antiguas fotografías, figuras religiosas, listones amarillos, rosarios, y velas que llameaban junto a las cruces. Marcadores y memoriales permanecían orgullosos. Cada nombre y mensaje era distinguido.
Localizando una banca vacía, Miranda fue ahí y se sentó. Era un hermoso lugar, de frente al cementerio a través de un camino bordeado de flores, pero la belleza hacia poco para consolarla. Mientras familias pasaban por ahí, ella pensó en su abuelo—todas las cosas que no fueron dichas ni hechas, todos los sentimientos que no fueron expresados y las preguntas sin contestar.

Un fino brillo de sudor apareció en su frente. Se sintió más cálida en ese minuto—cálida desde su interior—tenia tanto calor, que difícilmente podía soportarlo. Se preguntaba vagamente si alguien había instalado una parrilla cerca de ahí, ella podía ver finos zarcillos de un pálido, humo gris curvándose en el aire.
No había esperado que su abuelo muriera. No había esperado que ocurriera nada de esto.
Inclinándose hacia adelante, apoyó ambos codos sobre sus rodillas…se cubrió la cara con las manos. Quería llorar, pero se sentía tan vacía. Cuando finalmente levantó la cabeza otra vez, se sorprendió de ver aun más humo en el aire, flotando lentamente en su dirección, trayendo con él un débil, olor familiar….
¡Ese olor! ¡Ese humo!
Solo que ahora el olor era más fuerte—más reconocible—y pensamientos e imágenes se agitaban violentamente en su cerebro. Sudor y azufre, suciedad y sangre y heridas abiertas, agua estancada, carne carbonizada, cenizas, y caliente, caliente metal…
Miranda estornudó y miró alrededor. No había ninguna parrilla a la vista, ninguna comida al aire libre, ningún vendedor de comida.
Ni una sola hoja de césped agitándose, ninguna rama crujiendo en un árbol, aun así el humo continuaba flotando hacia ella.
Alarmada, saltó sobre sus pies, agitó los brazos, tratando de ahuyentar el humo. Se estaba volviendo más espeso, y con una lenta, enferma conciencia, vio como se obscurecía y se volvía rojo. Como la noche anterior….oh Dios, justo como anoche…
“¡Por favor!” Una obscura neblina ahora la rodeaba, no podía ver más el camino, ni siquiera más allá de los dos metros. “¿Podría alguien ayudarme?”
Y, sí, gracias a Dios, alguien venia a ayudarla! Ella podía ver la vaga silueta materializarse frente a ella…la neblinosa mano acercándose….
Entonces se dio cuenta porque no había sido completamente visible al principio. Porque se había mezclado perfectamente con el humo. El andrajoso, uniforme gris que usaba…las oscuras manchas de sangre en su rostro y en su ropa. ¿Acaso pertenecía a uno de los recreados regimientos que había visto? Aun así, su cuerpo parecía estar flotando ahí, suspendido.
“Para la señorita Ellena” susurró.
Miranda estaba completamente paralizada. Todo lo que pudo hacer fue mirar indefensa mientras él se acercaba a conocerla.
“Tómala… la rosa…”
Esa triste voz. Esa cruda, vacía, suplicante voz, desgarradora en su agonía.
Esa voz la conocía Miranda, porque la había escuchado antes.
“¿Quién eres?”
La respuesta vino como un muerto golpeteo.
“Nathan.”
“¿Qué es lo que quieres?”
Su cara comenzó a aparecer a través de la obscuridad. Cabello pálido, blanca piel, ojos como si no tuvieran fondo, hoyos negros.
Hundidas mejillas cubiertas de sangre, labios partidos endurecidos con sangre, pero ninguno de ellos tan horrible como la sangre que empapaba su uniforme, mientras la extensa, mancha carmesí surgía sobre su camisa, directamente sobre su corazón…
“Tómala” el murmuró. Y esos ojos sin vida miraban, miraban, todo el sufrimiento, la desesperanza, los dolorosos lamentos… “Ayúdame.”
Mientras un débil, acelerado aliento se revolvía con el aire, Miranda sintió que algo se deslizó a través de su mano con la palma hacia arriba. No una rosa, como él había dicho, pero era algo como un hilo, un corto trozo de hilo, anudado o torcido o tejido…
¿Trenzado? Ella no podía verlo en su palma abierta. ¿Hilo trenzado?

“Para la señorita Ellena,” él murmuró. “La rosa…la rosa…la…”
Y se estaba desvaneciendo ahora, justo como su voz se desvanecía, justo como el humo se desvanecía… desvaneciéndose hasta no ser más que sombras…
Ella sintió el sol.
Ella escuchó a la gente.
Mientras el parque volvía a enfocarse, Miranda parpadeó ante la luz y miró hacia abajo.
Su mano estaba vacía.
Y ella estaba llorando.

fIN
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Capítulo 12 (traducido por Anaid)
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